martes, 2 de mayo de 2017

Lo que nose cómo pasó.

Hace un año sucedió un evento sin precedentes en mi existencia. Un pequeño accidente cambió mi forma de ver a mis amigos y a algunos que ahora son poco más que conocidos, algunos otros se preocuparon grandemente en darme el sermón de su vida ya que nunca antes han estado en una situación parecida y la minoría se ocupó, secretamente, en ayudarme sin juzgarme o juzgarse si hacían bien o no al brindar su mano amiga o no. Las consecuencias que vinieron a causa de ese accidente no fueron la gran cosa. Más o menos a esta hora ya había sucedido (según me han contado ya que yo no recuerdo nada hasta el momento) incluso dicen que yo estuve hablando y hasta haciendo chistes acerca de lo que nos había pasado mientras estábamos en el hospital al cual me llevaron ya que en la unidad de salud del puerto (un poco después de playa el conchalío) no me podían atender ya que iba muy grave y ellos no podían tratar las heridas en ese lugar (según me dijo una enfermera de ese nosocomio unas semanas más tarde). Regresando al hospital y la “desatención” recibida ahí (ya que pasé semanas sacando restos de vidrios rotos de mi frente y otras partes de mí cuerpo), resulta que recobre la consciencia completamente a eso de las 2am y solo logré ver una cara conocida y dos oficiales de tránsito que prácticamente me obligaron hacer el alcotest para luego llevarme desde el Hospital Nacional de Santa Tecla a medicina legal para hacer unas pruebas orales y escritas con mis manos que dé milagro no estaban quebradas y así decir que yo tenía dificultades para realizar tales pruebas y poner en su espléndido informe que yo no estaba en óptimas condiciones para manejar que muy probablemente por eso yo era el culpable, sin tomar en cuenta mis golpes y heridas al momento de las formidables e infalibles pruebas que el servicio público demanda. Luego me llevaron hasta la delegación del Puerto de la Libertad,  donde me mantuvieron esposado al barandal de las gradas ya que no sabían con exactitud cómo proceder con mi caso a esas horas de la madrugada. Logre dormir casi 20min hasta que decidieron llevarme a las bartolinas que están antes de llegar a las playas de San Diego, ahí logré dormir, al fin, un par de horas. Ahí me recibió un sargento que muy amablemente me ofreció una llamada a mi casa para avisar que había tenido un accidente y que estaba detenido, y con un sentimiento de llanto, acepté felizmente la llamada. Al cabo de ese par de horas de “buen sueño” me llevaron a declarar mi versión de la historia (la cual no recuerdo hasta el momento). Pero, me ofrecieron un vaso con agua que fue la acción de amabilidad más grande que recibí después de la llamada, me regresaron a la delegación para ser fichado y después a bartolina ya que no tenía nada más que hacer en las calles, yo no era libre y al parecer nadie más tenía la culpa, solo yo. Es como si solo yo hubiese estado en ese vehículo. Mi papá me visitó el mismo día que recibió la llamada y me mató la vergüenza. Pasaron los días y decidí ser un reo más y confinarme a los libros que con mucho amor, Michelle me llevó, como buena sabedora de mis pasatiempos.


Compartí mis libros con los “compañeros de vivienda” y ellos los disfrutaron tanto como yo. Al terminar mi confinamiento llegué a casa y pasé 3 días sin dormir ya que no me sentía parte de la libertad que me habían quitado y después regresado a condición. Mis vecinos y más viejos amigos estuvieron al pendiente y ayudaron de gran manera y sin duda lo agradezco. Hoy en día creo que soy el mismo de antes, pero muchas personas dicen que no es así, que me detuve, que no tengo los mismos ánimos que antes o que simplemente perdí la poca gracia que tenía y me volví más simple y amargo que antes. La verdad es que no estoy seguro de quien soy y porqué fui, ojala el camino y las cicatrices ganadas me lo digan...

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